La desobediencia como estrategia.

Isidro Galicia/

El PRI transita por un intranquilizante periodo de incertidumbre política.

La elección presidencial que se encuentra a semanas de celebrarse, sitúa al tricolor en un contexto desalentador, producto de los errores y de la esquizofrenia del régimen peñista.

El candidato presidencial, José Antonio Meade y su aspiración de llegar a Los Pinos mantiene el mismo patrón de la derrota, de los comicios presidenciales del 2000 con Francisco Labastida Ochoa.

Un candidato inconexo con las causas de la sociedad; lejos de los grandes problemas nacionales e indiferente ante la exasperante situación de millones de mexicanos.

El escenario labrado por el PRI en el 2018, es un espacio electoral alimentado por el encono y hartazgo de la ciudadanía, resultado de una política errática y distante de las aspiraciones de la sociedad.

Hoy, José Antonio Meade, es un candidato que no logra marcar la agenda política.

Su visibilidad electoral depende más de agenda de la oposición, en particular, de Andrés Manuel López Obrador. De las propias estridencias discursivas del candidato de la Coalición “Por México al Frente”, Ricardo Anaya Cortés.

En concreto, Meade no se ha constituido como un actor político desafiante del contexto social; ni mucho menos, ha marcado una sana distancia con el presidente de la República. Sin embargo, no sería políticamente correcto hacerlo.

No obstante, en periodo de campañas, Meade deberá colocar en la agenda de la sociedad y de los propios medios de comunicación, un constructo social aceptado y consensuado por la ciudadanía.

Que el permita acceder al debate político y electoral con propósitos de crecimiento comicial.

Una serie de planteamientos programáticos que se constituyan como un referente comparativo con la propia oferta de los opositores, en este caso de Obrador y Anaya, que acceda a un posicionamiento electoral.

Es evidente, que el candidato del PRI no romperá con Peña.

Pero ante el tobogán de la derrota por la que transita la campaña e Meade, sería conveniente una ruptura bajo un amplio consentimiento y consenso con Enrique Peña Nieto.

Hoy más que nunca, la desobediencia como estrategia contrastaría el pasado con la apuesta de futuro.

Confrontaría la visión de un Estado mercantil con el de un gobierno con el propósito de recuperar el Estado de bienestar.

Colocarse de lado de los electores.

A Meade le queda poco tiempo.

La ruptura con el peñismo es una salida.

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